No sé muy bien qué decir. Debido a mi mala gestión las cosas acabaron y acabaron y volvieron a acabar como acabaron (sucesivamente), amén de que tuvo más partes que Pesadilla en Elm Street y con un protagonista igual de feo, pero con más variedad de vestuario (aunque no de complementos). Así que no más comienzos, por muy excitantes y esperanzadores que estos sean, sino que seguiré donde lo dejamos y habíamos quedado... ¿dónde habíamos quedado?¿en la plaza o en el bar? Es lo que tiene hacerse mayor (físicamente, mentalmente es otro cantar, procuro no engañarme si no va a ayudarme a ser rica). Como la marea, que en unas épocas llega más arriba y en otras no sube casi nada, en ciclos perpetuos, aceptaremos (por su cortesía y por mi bien) que estoy bajo la influencia de la luna. Les contaré mi última "revelación" personal, para que esto no sea como un mitin político, es decir, simple cháchara. He venido observando, en los ratos que salgo de mi arte contemplativo, que todos decimos el mismo tipo de frase alguna vez, que algunos diálogos son propiedad intercambiable de cualquiera de nosotros. Parece que sigamos un guión con ciertas conversaciones de obligada interpretación por todos, como un ejercicio en la escuela de arte dramático, como si (dependiendo del tipo de serie que sea) no falta el episodio de los dobles idénticos, el del sueño que no sabes que lo es hasta el final, el de la fiesta sin permiso de los padres que sale mal o el de la amnesia. ¿No les parece curioso?, va a resultar que sí que somos todos iguales o igual de típicos.
Gracias por su tiempo, no hay devoluciones de segundos ni de minutos. Lo siento.
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